Presentación: "La Militarización Continental"

Jorge Luis Sierra Guzmán (Invitado especial)










Jorge Luis Sierra*

 

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 destruyeron la vida de más de 3 mil personas, colapsaron los símbolos del poder financiero y militar de Estados Unidos y se constituyeron en la evidencia inequívoca de un fenómeno terrorista de alcance planetario que había roto con todas las fronteras, incluidas las de la imaginación, para golpear el predominio militar estadounidense y provocar una revolución en el mundo islámico.

De inmediato, Estados Unidos advirtió que estaba frente a un enemigo elusivo y difuso que no operaba como una fuerza militar convencional enfrentando su poderío, sino como una red internacional de células cuya base ideológica, política y religiosa provenía de aquellas regiones del mundo hostiles a la supremacía estadounidense y occidental.

Estados Unidos consideró que estaba sumergido en una guerra, la primera del siglo XXI, y respondió a los atentados con una fuerza descomunal: pertrechó su seguridad interna, aplicó el máximo poder militar convencional posible contra el gobierno talibán y las células de Al Qaeda en Afganistán, y se preparó para sostener una escalada militar de larga duración contra cualquier Estado que se atreviera a apoyar y dar asilo al terrorismo internacional.

Considerándose a sí mismo como un poder global, Estados Unidos concluyó que la lucha que libró a partir del 11 de septiembre era una "guerra global contra el terrorismo", según un reporte de la Casa Blanca sobre los primeros 100 días de gobierno del presidente Bush[1].

Estados Unidos se vio obligado a reponerse rápidamente de la sorpresa ante una población sumida en un profundo sentimiento de tragedia y vulnerabilidad. En los primeros días después del 11 de septiembre, George W. Bush logró el consenso de las fracciones demócrata y republicana del Congreso para aprobar un presupuesto militar adicional de emergencia por 20 mil millones de dólares para sufragar la guerra en Afganistán, destruir las redes de Al Qaeda, preparar la defensa de las ciudades estadounidenses y atender a los sobrevivientes y familiares de las víctimas.

El daño provocado a los sistemas de seguridad estadounidense era de una magnitud difícil de aceptar para la potencia militar más importante del mundo. Estaba claro que la elevada tecnología militar había sido irrelevante para impedir el ataque del 11 de septiembre. A pesar del avance tecnológico y la sofisticación de su equipamiento, el Departamento de Defensa también mostró una relativa incapacidad para impedir una acción terrorista que no necesitó de altas tecnologías para su ejecución (Blair, 2001).

El secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald H. Rumsfeld (2001a), consideraba a la etapa de posguerra fría casi como una década perdida: "Hemos permitido que nuestras capacidades militares se degraden lentamente mientras sobreusamos una fuerza cada vez más reducida y con menos  recursos". Rumsfeld hablaba de una reducción en más del 40 por ciento de los hombres y mujeres en uniforme desde el fin de la Guerra Fría y mencionaba una caída en las inversiones en investigación, nuevas tecnologías bélicas y mantenimiento del equipo militar.

El nuevo secretario de Defensa consideraba que si Estados Unidos quería mantener su hegemonía mundial, debía convertir a sus Fuerzas Armadas hasta hacerlas propias del Siglo XXI. Sin embargo, el ataque terrorista evidenció que había individuos, organizaciones y países para los que no importa si Estados Unidos progresa o no en su organización militar. La nueva guerra estaba en curso.

 

Punto sin retorno

 

El ataque del 11 de septiembre constituyó un punto sin retorno de una nueva era de la seguridad nacional estadounidense en la que persistían viejos paradigmas de la Guerra Fría, junto a tecnología bélica avanzada.

En el aspecto de la defensa interna, Estados Unidos tuvo que enfrentar la nueva situación marcada por el 11 de septiembre con una estructura de seguridad obsoleta, anquilosada, basada en un complejo burocrático enorme que se movía con la inercia institucional predominante en la Guerra Fría. Esta burocracia compuesta por los departamentos de Defensa, Estado, Justicia, Energía y del Tesoro carecía de una integración efectiva de sus recursos y políticas, a pesar de los intentos de coordinación que ordenó la administración Clinton con los grupos de trabajo interagencias (Interagency Working Groups).

Después del derrumbe del bloque soviético, las políticas de seguridad nacional de ese país parecían haberse congelado en la situación mundial que prevalecía durante la Guerra Fría.

Al término de la Segunda Guerra Mundial y con la amenaza soviética en el horizonte nacional, Estados Unidos diseñó una estructura de seguridad basada principalmente en los ordenamientos del Acta de Seguridad Nacional de 1947 cuyas principales medidas fueron la creación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), la centralización del poder de las Fuerzas Armadas en el Departamento de Defensa, así como el establecimiento del Consejo de Seguridad Nacional, como la entidad que integraría todos los aspectos del poder nacional de Estados Unidos (The United States Commission on National Security / 21st Century, 1999, iv).

Los ordenamientos del Acta firmada por el presidente Harry S. Truman en 1947 prevalecieron a lo largo de los cerca de 45 años que duró la Guerra Fría. Tanto la estructura del espionaje estadounidense como el desarrollo de las capacidades militares se diseñaron pensando en las intenciones y el poderío nuclear de la Unión Soviética.

Mientras el Buró Federal de Investigación (Federal Bureau of Investigation, FBI) se encargaba de asuntos de contrainteligencia y de descubrir las amenazas a la seguridad interna estadounidense, otras entidades como la CIA, la Oficina Nacional de Reconocimiento (National Reconnaissance Office, NRO) y las agencias de espionaje militar (Agencia de Inteligencia Militar, Inteligencia del Ejército, Naval, Aérea y de la Infantería de Marina), junto con otras de naturaleza civil (los departamentos del Tesoro, Energía y Estado) compartían tareas de prevención de riesgos provenientes del exterior.

Ya desaparecida la Unión Soviética, Estados Unidos comenzó a ver en el terrorismo internacional, el narcotráfico, el crimen organizado y la proliferación de armas de destrucción masiva como las amenazas emergentes a la seguridad nacional. Sin embargo, las herramientas para combatir estas nuevas amenazas eran las mismas que sirvieron a Estados Unidos durante las décadas de la Guerra Fría.

Una de las evaluaciones más severas de esta crisis institucional que limitaba a Estados Unidos para enfrentar los retos del nuevo siglo fue realizada por la Comisión para la Seguridad Nacional de Estados Unidos en el Siglo XXI.

La Comisión, creada a mediados de 1998 por el secretario de Defensa durante la segunda administración de Bill Clinton, se dedicó a estudiar el futuro desarrollo mundial entre ese año y el año 2025 con el objeto de definir los objetivos e intereses estratégicos de Estados Unidos y recomendar los cambios institucionales necesarios para alcanzarlos (The United States Commission on National Security / 21st Century, 1999).

Según la Comisión, el aparato de seguridad nacional debía ser rediseñado en su totalidad y no sólo algunos departamentos y agencias individuales. "Las serias deficiencias que existen no pueden ser resueltas mediante una aproximación paso a paso". Estas son algunas de las deficiencias principales que señala textualmente la Comisión (The United States Commission on National Security / 21st Century (1999),  2001, 47):

 

Ø      Lo más crítico es que ningún marco estratégico comprehensivo guía las políticas de seguridad nacional de Estados Unidos ni el allegamiento de recursos financieros. Los presupuestos aún se siguen preparando y asignando como si fueran hechos durante la Guerra Fría.

 

La Comisión encontró que la definición del presupuesto en Estados Unidos es un proceso fragmentario en el que cada departamento o agencia prepara su propio presupuesto sin que exista ningún esfuerzo para definir un presupuesto general de seguridad nacional ni demostrar que la asignación individual de recursos está de acuerdo con los objetivos generales de seguridad nacional. Uno de los pocos pasos preliminares que se han dado para superar estas deficiencias ha sido el presupuesto para actividades antiterroristas.

 

Ø      El poder para determinar la política de seguridad nacional se ha transferido al Consejo de Seguridad Nacional (National Security Council, NSC). Su equipo asume ahora roles operativos y de definición de políticas, con el consiguiente daño a su habilidad para coordinar las políticas de seguridad nacional.

 

El análisis de la Comisión encontró que el NSC parecía más una agencia o departamento que una oficina perteneciente directamente al equipo presidencial. El Acta de Seguridad Nacional de 1947 creó al NSC como una entidad para asesorar al Presidente  en la integración de las políticas exterior, interior y militar así como para coordinar las actividades de los departamentos y agencias de seguridad nacional. Sin embargo, el presidencialismo estadounidense ha otorgado grandes poderes de centralización al NSC. La generación de muchas dimensiones de la seguridad nacional en la etapa de la post-Guerra Fría, como los asuntos ecológicos, económicos o de legislación internacional, han contribuido a esa centralización. Otro hallazgo de la Comisión era que el NSC estaba convertido en el brazo de la política exterior de la Casa Blanca, en la medida en que la importancia del Departamento de Estado ha disminuido junto con su presupuesto.

 

Ø      Persisten dificultades para asegurar que las perspectivas de seguridad y política internacional se consideren como parte de la política económica global, y que las metas económicas reciban atención propia en la definición de las políticas de seguridad nacional.

 

Ø      El Departamento de Estado es una institución discapacitada, que debido a sus deficiencias y debilidades ha sido puesta en un estado de hambruna financiera por el Congreso estadounidense. El Departamento sufre  de una estructura organizacional inefectiva en la cual compiten las metas funcionales y regionales y que carece de liderazgo, rendición de cuentas y buena administración.

 

Ø      La presencia estadounidense en el exterior no se ha ajustado a las nuevas realidades sociales, económicas, políticas y de seguridad del siglo XXI. El mandato amplio de los embajadores se ve minado en la práctica por la falta de control sobre recursos y personal.

 

Ø      El Departamento de Defensa tiene serias deficiencias organizacionales.

 

La Comisión encontró a un Departamento de Defensa en un estado de crisis burocrática. Entre los problemas principales se definieron sistemas de organización caducos, duplicación de esfuerzos, costos elevados de la infraestructura militar así como el desmesurado crecimiento de su personal.

La Comisión consideró que el proceso de adquisición de armamento está obstaculizado por excesivas leyes, regulaciones y estructuras de supervisión que desperdician las oportunidades de innovación y tienen a la industria militar en un estado de crisis financiera. Finalmente, el proceso de desarrollo de una estructura de fuerza no está actualmente alineado con las necesidades del medio ambiente de seguridad global que existe hoy en día (Ibid, 63).

 

Ø      La comunidad de inteligencia sólo se ha adaptado lentamente a las circunstancias cambiantes de la era post-Guerra Fría. Mientras los componentes económicos y políticos han asumido gran prominencia, los imperativos militares aún controlan en gran medida la colección y el análisis de la inteligencia.

 

Esta estructura burocrática fue duramente golpeada por los ataques del 11 de septiembre. Ya no estaban en riesgo sólo las bases militares en el extranjero, ni las más de 250 representaciones diplomáticas de Estados Unidos, sino también los habitantes de las ciudades estadounidenses. Las estructuras de seguridad fueron diseñadas para enfrentar una guerra que ya no existía más. La población estaba prácticamente inerme.

 

Ofensiva global

 

Hacia afuera, Estados Unidos lanzó una ofensiva militar antiterrorista que se basó en el concepto de una fuerza de despliegue rápido capaz de operar simultáneamente con equipamiento aéreo de inteligencia, bombardeo desde tierra, mar y aire y lanzamiento de  las diferentes unidades de fuerzas especiales, apoyadas por una parafernalia satelital y electrónica.

Con un apoyo financiero de 20 mil millones de dólares aprobados por el Congreso de EU, Bush ordenó la movilización de unos 50 mil reservistas de los que de momento sólo se requerirían unos 35,000, repartidos de la forma siguiente: 10 mil para el Ejército; 13 mil para la Fuerza Aérea; 3 mil para la Armada; 7 mil para los Marines y 2 mil para los guardacostas.[2]

Estados Unidos preparó una respuesta militar que iría desde operaciones encubiertas de pequeña escala hasta bombardeos en masa en campos de entrenamiento terrorista tal y como lo hizo en 1998[3].

La operación Libertad Perdurable involucró un potencial destructivo quizá mayor que el que se desplegó en la guerra del Golfo Pérsico: una fuerza estimada de 68 aviones de combate a bordo del portaaviones nuclear US Enterprise. Esta embarcación lleva 4 escuadrones aéreos para ataques de precisión; el US Carl Vinson, con una flota de 8 naves de combate con 70 aviones y cuatro escuadrones aéreos de ataques de precisión; en la costa este de Estados Unidos se preparaban asimismo los grupos de combate naval encabezados por los portaaviones John F. Kennedy y George Washington; en la costa oeste los grupos de batalla naval serían encabezados por los portaaviones US John C. Stennis y el US Constellation, además de siete plataformas de superficie y submarinas capaces de lanzar 500 misiles crucero Tomahawk convencionales.

La Fuerza Aérea desplegaría a sus bombarderos B-2 Spirit con una autonomía de 6 mil millas náuticas, capaces de navegar 36 horas continuas y arrojar, cada uno, 16 proyectiles guiados por sistemas de posicionamiento global. También entraría en acción el ala B-52 Stratofortress con 85 bombarderos. Se preparó el envío de 35 mil efectivos de fuerzas especiales, con apoyo de helicópteros Black Hawk o Chinook.

Asimismo, serían desplegados siete cruceros de lanzamiento de misiles Tomahawk y 100 aviones de combate de precisión con base en Turquía, Arabia Saudita y otros países del golfo Pérsico. También estarían prestos la nave US Cowpens con plataforma de lanzamiento de misiles Tomahawk en el océano Indico y tres mil efectivos de fuerzas anfibias estacionadas en Timor Oriental.

La operación Libertad Perdurable incluyó el apoyo militar multinacional y el respaldo de las milicias insurgentes de la Alianza del Norte que ocuparon la mayor parte del territorio de Afganistán luego de los intensos bombardeos sobre las posiciones del Talibán y Al Qaeda sostenidos a lo largo de tres meses. Luego de una resistencia feroz, el grueso de las fuerzas gubernamentales se rindió, lo que posibilitó el predominio completo de la Alianza del Norte y las tropas occidentales sobre un territorio diezmado por los bombardeos, las minas antipersonales, el hambre, la ausencia casi total de servicios médicos, la sequía y la hostilidad del invierno afgano.

Según información de observadores del conflicto afgano, la fuerza militar que desplegó Estados Unidos con el apoyo principalmente de Inglaterra pareció descomunal para destruir la fuerza militar de los talibanes. El tamaño de la milicia Talibán era normalmente de unos 25 mil combatientes que podrían aumentar hasta 40 mil en caso de operaciones militares. Aunque constituían una milicia numéricamente superior a los 10 mil o 12 mil combatientes de la Alianza del Norte, los talibanes fueron abatidos por la intensidad y fuerza del bombardeo estadounidense (Jalali, 2001, 85-98).

A pesar del aplastamiento militar del régimen Talibán y de los combatientes de Al Qaeda, unos 600 efectivos[4] que lucharon en suelo afgano, la amenaza terrorista que se erigió con toda su fuerza devastadora el once de septiembre quedó aún como una posibilidad latente y probable, dispuesta a golpear de nuevo los puntos más vulnerables de Estados Unidos. Desde el 11 de septiembre se comprobó que uno de los más vulnerables era, principalmente, la seguridad de los ciudadanos en su propio territorio.

 

El riesgo está adentro de casa

 

Los expertos en terrorismo de Estados Unidos lo previeron. En 1999, la Comisión para la Seguridad Nacional en el Siglo xxi definió con mucha claridad el riesgo nuevo que enfrentaba este país.

Dijo textualmente la Comisión (1999, 141): "Estados Unidos será cada vez más vulnerable en ataques hostiles contra nuestro territorio y nuestra superioridad militar no nos protegerá del todo". Los comisionados mencionaron la posibilidad de que poderes emergentes, en forma individual o coaligados, limiten las opciones regionales de Estados Unidos y su influencia estratégica. El riesgo estaba ubicado ya sea en Estados o en grupos terroristas que adquirirían y usarían armas de disrupción y destrucción masiva. "Los estadounidenses morirán en su propio territorio, probablemente en grandes cantidades" (Ibid).

Expertos del Centro de Información de Defensa preveían que en los primeros 15 años de este siglo ocurrirían tácticas terroristas cada vez más sofisticadas y letales, diseñadas para provocar bajas en masa[5]. Se pensaba como hipótesis principal que los hechos de terror estarían dirigidos hacia objetivos fuera del territorio de Estados Unidos, tales como embajadas, oficinas diplomáticas, empresas y ciudadanos estadounidenses. Para estos expertos, los terroristas con cuarteles o bases en el Medio Oriente o el Sudeste Asiático constituían la amenaza más importante (Ibid).

Uno de los temores más grandes radicaba en la posible formación de una coalición terrorista internacional con objetivos antioccidentales y acceso a armas de destrucción masiva.[6]

Desde 1997 se previó que el territorio y la población de Estados Unidos serían cada vez más vulnerables ante el terrorismo, la guerra electrónica, ataques a instalaciones de infraestructura vitales y amenazas transnacionales. Esta tipología así como la percepción de amenaza y la necesidad de mayores esfuerzos para prevenirla fue incorporada en los documentos más relevantes en la planeación de seguridad estadounidense. Entre otros: la Estrategia Militar Nacional, la Estrategia de Seguridad Nacional y las Directivas de Decisión Presidencial (Tangredi, 2000, 86).

En caso de conflicto, la superioridad militar no sería suficiente para disuadir a los Estados enemigos de EU para realizar "ataques asimétricos" en territorio estadounidense. Los "ataques asimétricos" serán probablemente la herramienta militar más valiosa, y probablemente la única, en sus manos (Ibid).

Existía desacuerdo en cuanto al grado de vulnerabilidad de Estados Unidos. Algunos analistas argumentaban que la sociedad estadounidense era menos vulnerable y podía absorber ataques aislados no significativos en términos militares. A esto se le agregaba la percepción de que los enemigos potenciales de Estados Unidos eran conscientes del efecto "Pearl Harbor" y que preferían abstenerse de realizar "un ataque terrorista catastrófico" que podría despertar una respuesta significativa de la superioridad militar estadounidense (Ibid, 88).

El ataque del 11 de septiembre sorprendió a Estados Unidos mientas apenas tomaba los pasos iniciales para enfrentar a un terrorismo catastrófico y ataques a su infraestructura nacional (Ibid, 87). Ya desde 1995, la administración Clinton trabajaba intensamente para desarrollar un plan operacional eficaz contra el terrorismo, sea dirigido contra objetivos estadounidenses en el exterior o contra objetivos domésticos.

En dos directivas emitidas en 1995 (Presidential Decision Directive PDD-39 y PDD-62), Clinton definió la política contra-terrorista de Estados Unidos. Habrá que aclarar que las políticas estadounidenses frente al terrorismo se subdividen en anti-terroristas (prevención de actos terroristas) y contra-terroristas (medidas contra grupos que ejecutaron actos terroristas). La intención presidencial era desarrollar mecanismos de coordinación inter-agencias y una estructura de administración federal para combatir el terrorismo doméstico e internacional, particularmente aquél que usaría armas de destrucción masiva.

En abril del año 2000, la Comisión para la Seguridad Nacional de Estados Unidos / Siglo XXI había determinado la necesidad urgente de integrar las estructuras gubernamentales ante la posibilidad de un ataque terrorista dirigido contra ciudadanos estadounidenses en su propio territorio. La manera en que esta comisión pensaba resolver la carencia de esas estructuras integradas era la creación de la Agencia Nacional de Seguridad Doméstica (National Homeland Security Agency, NHSA) que estaría construida sobre la base de fusionar a la Agencia Federal de Administración de Emergencias (FEMA) con aquellas organizaciones que trabajan en la primera línea de defensa de la frontera: la Guardia Costera, el Servicio de Aduanas y la Patrulla Fronteriza (The United States Commission on National Security / 21st Century, 2001, viii).

El director de la NHSA sería, según la iniciativa de ley HR 1158 IH que fue presentada ante la Cámara de Representantes del 107 Congreso el 21 de marzo del 2001, un miembro del gabinete y gozaría de un status consultivo dentro del Consejo de Seguridad Nacional. Entre otras recomendaciones, la Comisión sugirió la creación de un Subsecretario de Seguridad Doméstica (Assistant Secretary of Homeland Security) dentro del Departamento de Defensa.

El debate sobre esta iniciativa de ley estaba en marcha. A pesar de la lentitud propia de un Congreso acostumbrado a discutir cada detalle de la propuesta y su repercusión en el presupuesto federal, Estados Unidos se estaba preparando poco a poco para un ataque mayúsculo que ya preveía desde años atrás. El tiempo no le alcanzó. Los militantes suicidas y sus aviones de American Airlines y United Airlines llegaron primero.

A finales de septiembre, dos semanas después del ataque terrorista, Bush creó la Oficina de Seguridad Doméstica y nombró a Tom Ridge, como nuevo consejero. La guerra estaba ya en curso. Estados Unidos enfrentaba al enemigo más difuso y amorfo de la historia. No importaba ya si Bin Laden era finalmente arrestado o asesinado. Lo relevante era que los ciudadanos estadounidenses empezaban a vivir la nueva guerra del siglo XXI: sus casas, sus calles, sus aeropuertos, eran ya los nuevos campos de batalla.

Tras la iniciativa de Bush, el Congreso estadounidense aprobó el 24 de octubre de 2001 el Acta Patriot (USA Patriot Act), como una forma de eliminar obstáculos legales para el combate y la derrota de los grupos terroristas en Estados Unidos y en cualquier parte del mundo. Las medidas principales que adoptó Bush fueron profundamente cuestionadas dentro y fuera de Estados Unidos. La nueva Ley:

 

Ø      Permite la detención indefinida de no ciudadanos aunque no sean terroristas o se les haya encontrado culpables de faltas migratorias menores, cuando no puedan ser deportados como consecuencia de la carencia de un Estado, porque su país de origen se niegue a aceptarlos o porque pueden enfrentar el riesgo de tortura.

 

Ø      Minimiza la supervisión judicial del espionaje telefónico o de internet  que realizan las autoridades policiacas.

 

Ø      Expande la habilidad del gobierno para conducir indagatorias secretas.

 

Ø      Otorga al procurador general y al secretario de Estado para designar a grupos domésticos como organizaciones terroristas y para deportar a cualquier no ciudadano que pertenezca a ellas.

 

Ø      Otorga al FBI acceso amplio a información sensible de individuos sin tener que mostrar evidencia de culpabilidad.

 

Ø      Conduce a investigaciones de gran escala de ciudadanos estadounidenses con propósitos de inteligencia.

 

Estas medidas, además de la creación de tribunales militares para enjuiciar a los prisioneros sospechosos de terrorismo, fueron cuestionadas por organizaciones como la Unión Estadounidense para las Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés)  y el Centro para los Derechos Constitucionales (CCR, por sus siglas en inglés). Según estas organizaciones, la Ley amplía el concepto de terrorismo y pone en riesgo a grupos como los globalifóbicos o los opositores a la presencia militar estadounidense en Vieques, Puerto Rico (American Civil Liberties Union, 2001).

 

Enemigo global

 

La guerra seguía su curso. Decidida a causar el mayor daño posible, la organización terrorista se anidó en la comunidad estadounidense. Pequeñas células que no se conocían entre sí y que no conocían su misión hasta minutos antes de estrellar sus aviones contra el Pentágono y las Torres Gemelas fueron diseminadas por Estados Unidos. El apoyo a esos comandos secretos se fincaba en la red internacional  terrorista más grande y sofisticada de la historia.

De acuerdo con la Asociación de Ex Oficiales de Inteligencia (2001), Al-Qaeda ("La Base") es un conglomerado de grupos dispersos por el mundo que actúan como una red, tiene un alcance global con presencia en Algeria, Egipto, Marruecos, Turquía, Jordania, Tajikistán, Uzbekistán, Siria, Xinjiang en China, Pakistán, Bangladesh, Malasia, Myanmar, Indonesia, Mindanao en las Filipinas, Líbano, Irak, Arabia Saudita, Kuwait, Bahrain, Yemen, Libia, Tunisia, Bosnia, Kosovo, Chechenia, Dagestán, Kashmira, Sudán, Somalia, Kenia, Tanzania, Azerbaiján, Eritrea, Uganda, Etiopía, y en el West Bank y la franja de Gaza.

La amenaza planteada por Al Qaeda, la organización terrorista de Osama Bin Laden, estaba presente en la percepción estadounidense desde 1991, cuando las fuerzas de Estados Unidos se desplegaron en territorios árabes durante la guerra del Golfo Pérsico. El mismo Osama Bin Laden declaró abiertamente la guerra a Estados Unidos en 1996, el mismo año en el que se estableció en Afganistán, poco después del triunfo de los talibanes (Bodansky, 2001, 259-279). Sin embargo, la percepción de Bin Laden como una de las máximas amenazas potenciales para la seguridad estadounidense ocurrió a partir de agosto de 1998, cuando las embajadas en Nairobi y Kenia fueron destruidas por sendos ataques terroristas.

En esa oportunidad, la opinión pública estadounidense profundizó su conocimiento y temores sobre la personalidad de Bin Laden y la magnitud de la amenaza que se cernía sobre Estados Unidos. Se comenzó a difundir apenas una parte de la historia de un hombre que fue pieza clave durante el apoyo estadounidense a la resistencia afgana contra los diez años de la intervención del Ejército soviético (1979-1989).

Tras el 11 de septiembre de 2001, Rumsfeld (2001b) decía que el oponente de Estados Unidos era "una red global de organizaciones terroristas y sus Estados patrocinadores". Esta era la primera vez en la historia estadounidense que se materializaba una amenaza global. El costo de una globalización llevada a cabo mediante la supremacía militar y financiera de las naciones industrializadas empezaba a sentirse con toda su fuerza sobre territorio estadounidense.

 

Nuevo ambiente global

 

Desde la visión estadounidense la globalización se ha entendido como la interacción internacional de información, capital financiero, comercio, tecnología e incluso fuerza de trabajo a velocidades y volúmenes mayores exponencialmente a lo que previamente se había pensado como posible. (MacArthur, 2001, 15)

Los militares estadounidenses se han visto en la necesidad de entender fenómenos como la proliferación de corporaciones internacionales, el impacto tanto internacional como doméstico de las políticas de gobierno, las diferencias culturales así como las consideraciones de la globalización en materia de seguridad.

Este nuevo ambiente global, dice MacArthur, produce ya efectos dramáticos sobre los negocios domésticos e internacionales así como para las operaciones militares, especialmente el empleo de fuerzas navales. Dos de las preguntas principales que se hace MacArthur se refieren al significado de la globalización para la seguridad nacional de Estados Unidos y a la forma en que este país puede moldear a la globalización a partir del uso del poder naval.

Según otro autor (Frost, 2001, 35), la globalización puede ser un catalizador de la estabilización o de la desestabilización mundial. Para sus apologistas, la globalización puede eventualmente forzar a todos los gobiernos a seguir la ruta impuesta por los países de desarrollo avanzado, que exigen políticas pacifistas, democráticas, basadas en la ley y orientadas hacia el mercado. Por el contrario, los críticos afirman que la globalización alimenta las ganancias corporativas a costa de los trabajadores, mina la democracia, acelera la degradación del medio ambiente, mina la calidad de la salud y el trabajo, impone la homogeneidad cultural, alimenta el crimen y escala del conflicto armado.

Frost (2001, 37) considera que la globalización es un proceso de largo plazo, una réplica incesante de la actual explosión del conocimiento, un fenómeno que ha desatado un proceso rápido, sin igual y en ocasiones disruptivo de expansión de redes y flujos transfronterizos no sólo de bienes, servicios, dinero y tecnología, sino también de ideas, información, cultura, personas y poder. Es decir, una dinámica compleja en la cual las fuerzas individuales, locales, nacionales, regionales y globales están en juego simultáneamente.

Flanagan (2001, 10) destaca que a pesar de que las tendencias globalizadoras no son nuevas en la historia de la humanidad, lo especial de esta era es la revolución en la tecnología de la información, acompañada por la diseminación de la televisión por cable, el número creciente de computadoras personales, la disponibilidad instantánea de información y, de manera muy importante, la emergencia de Internet y su efecto de diseminar el conocimiento a todos los confines de la tierra.

Desde la perspectiva de analistas estratégicos estadounidenses, este país considera fundamental la necesidad de imponer el modelo capitalista en todas las regiones del mundo y crear un ambiente favorable para el crecimiento de la economía global y el ascenso económico de todas las personas. De no ser así, advierten, Estados Unidos sufrirá asaltos de violencia asimétrica en el corto plazo y la generación de competidores hostiles en el largo plazo (MacArthur, 2001, 15).

Uno de los primeros documentos militares más importantes en los que Estados Unidos profundiza en el análisis de la globalización y su impacto sobre sus intereses estratégicos es el llamado "Una estrategia de seguridad nacional para el nuevo siglo" (The White House, 1999). Según el documento, firmado por el presidente Clinton, los eventos que suceden en la mayor parte del mundo pueden afectar seriamente la seguridad y el bienestar de Estados Unidos: "Los estadounidenses se benefician cuando las naciones se unen para combatir al terrorismo y la agresión, para resolver conflictos, para prevenir la proliferación de armas peligrosas, para promover la democracia y los derechos humanos, para abrir mercados y crear estabilidad financiera, para mejorar la calidad de vida y el medio ambiente" (Ibid, 2).

Según el documento, Estados Unidos sigue siendo "la fuerza más poderosa del planeta para promover la paz, la seguridad y los valores universales de democracia y libertad". Clinton consideró que los riesgos de la globalización amenazaban el progreso y la estabilidad regional en muchas áreas importantes del mundo. Las amenazas podrían ir desde los "Estados ilegales"; proliferación de armas de destrucción masiva; terrorismo; tráfico de drogas; armas e indocumentados; hasta el crimen internacional.

Como ya lo demostró la política del presidente Bush, como respuesta a los ataques del 11 de septiembre, Estados Unidos no percibe la amenaza de un rival emergente de la misma magnitud como lo fue la Unión Soviética durante la Guerra Fría, sino a una variedad más amplia de adversarios regionales, tanto actores estatales como no estatales, que tendrían la capacidad de evitar que Estados Unidos y sus países aliados alcancen sus metas estratégicas comunes. Estados Unidos prevé que estos adversarios cuenten en un futuro cercano con armas sofisticadas  y capacidad para realizar operaciones bélicas asimétricas (Flanagan, 2001, 24).

A pesar de que las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han sido construidas y equipadas para pelear en grandes teatros de guerra, la realidad de la posguerra fría es que este país se ha visto involucrado en contingencias regionales de menor magnitud, en forma múltiple y simultánea. Flanagan (Ibid) cita un estudio de Defense Forecasts International, que demuestra que Estados Unidos se ha visto involucrado en 514 contingencias regionales menores durante los años 90, principalmente en Asia, Centro y Sudamérica así como América del Norte, principalmente en operaciones de ayuda en casos de desastre.

 

Globalización y división mundial

 

La globalización ha separado a diferentes regiones económicas en el mundo, según sea su adecuación a la política de los países capitalistas avanzados, el grado de democracia alcanzado, la apertura comercial, la decisión de crear o no una economía de mercado así como los ingresos netos de sus habitantes.

Flanagan distingue a un primer grupo compuesto de 80 o 100 países que comparten su adherencia a los principios de democracia, libre mercado y cooperación. Este grupo tiene más del 70 por ciento de la riqueza mundial y la tercera parte de la población mundial, según Kugler (2001, 83).  El núcleo de este grupo está compuesto por cerca de 30 países avanzados como Estados Unidos, Canadá, y otros países de Europa central y occidental, Japón, la mayoría de países del Lejano Oriente así como otros localizados en la mitad sur de América Latina y con ingresos per capita que rebasan los 20 mil dólares. Este núcleo tiene una gran capacidad de defensa con más de 3 millones 400 mil efectivos militares y un gasto castrense de 190 billones de dólares. Otros 55 Estados en  América Latina, Asia y partes de Africa, están luchando por entrar dentro del grupo selecto de beneficiarios de la globalización (Flanagan, 2001, 17).

El resto de los países, principalmente en la región del sub-Sahara africano, Oriente medio, la ex Unión Soviética, la parte norte de América Latina y algunos adversarios de Estados Unidos como Irak y Corea del Norte,  están excluidos de los beneficios de la economía global emergente. La diversidad cultural, histórica y política de estos países es enorme, aunque todos comparten  un producto interno bruto per capita muy por debajo de los 6 mil dólares. Ninguno de estos países está en la era de la información, sólo algunos están apenas en la era industrial y la mayoría permanecen aún en la era agraria. A este grupo se agregan aquellos países como China, Rusia, India e Irán, que eventualmente pueden disfrutar de ciertas ventajas ofrecidas por la globalización económica, pero que al mismo tiempo pueden entrar en contradicción con los intereses estratégicos del primer grupo (Ibid). Los primeros tres países mencionados tienen capacidad ofensiva nuclear y enfrentan graves conflictos en Chechenia y Cachemira. La mayor parte de los grupos que aparecen en la lista de organizaciones terroristas que elabora Estados Unidos pertenecen a este conglomerado humano. También enfrentan conflictos internos y regionales de mucha gravedad (ver Tabla).


 

Conflictos armados en países no desarrollados entre 1945 y 2003[7]

39 conflictos armados internos en América

Incluyen la guerra corta en Chiapas

16 conflictos armados internacionales en América

Incluyen la guerra de las Malvinas, las invasiones a  Granada, Panamá y Haití, así como la guerra entre Perú y Ecuador

Más de 60 conflictos armados internos en Africa

Incluyen la guerra genocida en Ruanda y Burundi y el conflicto armado interno en  el Congo.

Más de 40 conflictos armados en el Medio Oriente.

Incluyen la lucha contra la rebelión kurda en Turquía.

82 conflictos armados en Asia y el Sudeste Asiático.

Incluye las guerras en Afganistán e Irak

Elaboración propia con base en los datos de Elguea (1990)

 

Uno de los retos principales del primer grupo de beneficiarios de la globalización será la integración de los 55 países que aún no pertenecen al núcleo principal de los 30 países más desarrollados. Ente ellos están América Latina, los países de la periferia europea y partes de Asia y Africa (Kugler, 2001, 90). Algunas de estas naciones deberían estar más bien en el cuadro de los países excluidos.

Un ejemplo inmediato está en la sequía y los desastres naturales que han dejado a la población campesina de Centroamérica en una situación de hambruna. Cerca de un millón 600 mil centroamericanos necesitan una ayuda humanitaria que no llega. Para dar una idea de la dimensión de la ayuda existente, está el hecho de que en el año 2001, la comunidad internacional proyectaba entregar 10 mil dólares de ayuda a 100 mil familias nicaragüenses en estado crítico. Hablamos de 10 dólares por familia para salir de una situación de hambruna. En Africa la situación  no es muy distinta. Se estimaba que al término del año 2001, habrían muerto alrededor de 400 mil sudafricanos contagiados del virus del SIDA y 58 mil embarazadas habrían dado a luz a hijos seropositivos. Es una realidad innegable que la integración de estos países parece ser más lenta y estar llegando a sus límites (Ibid).


 


Comunidad beneficiaria de la globalización

Regiones

Población (millones)

Producto Interno Bruto 2000 (trillones de dólares)

Producto Interno Bruto per capita 2000 (dólares)

América del Norte

311

9.3

30, 000

Europa

480

9.8

20, 420

Asia

217

5.0

23, 040

América Latina

492

3.0

6, 100

Otros

150

0.8

5, 300

Comunidad excluida de la globalización

Rusia
y Europa oriental

282

1.5

5, 400

China y Asia

1, 750

5.0

2, 800

Asia del sur

1, 316

1.7

1, 300

Medio Oriente (amplio)

315

1.8

5, 700

Sub-Sahara africano

560

0.6

1, 100

Fuente: (Kugler, 2001, 84-87)

 

 

La fractura económica que integra y excluye simultáneamente a grandes conglomerados de la humanidad está acompañada por el desarrollo de una capacidad armamentista que convierte a la paz y la estabilidad en situaciones muy difíciles de alcanzar.  Rusia y China tienen armas nucleares y sistemas de lanzamiento de largo alcance. India, Pakistán, Irak, Irán y Corea del Norte podrían haber adquirido ya arsenales de armas de destrucción masiva, lo que provoca a su vez una reacción de compra de capacidades militares semejantes para alcanzar de inmediato un nuevo equilibrio militar.

Estados Unidos teme que esos países combinen los sistemas de destrucción masiva con fuerzas convencionales. Existen cerca de 20 millones de efectivos militares, aparte del millón 400 mil soldados estadounidenses.  El equilibrio militar está lejos de lograrse en las diferentes regiones. Aunque se estima que Rusia carece de poder militar para atacar Europa, su millón 200 mil efectivos parecen ser un motivo de preocupación regional constante. Se prevé que China, cuyo ejército es el más grande del mundo con casi 3 millones de efectivos, alcance una modernización militar completa en las próximas décadas. En el sur de Asia, India con el doble de soldados de Pakistán, está sumergida en un conflicto grave con su vecino dado que ambos países gozan ya de capacidad nuclear. La existencia de naciones y regiones altamente militarizadas y prestas para combatir constituye sin duda uno de los efectos más desestabilizadores de la globalización. (Kugler, 2001, 94)


 

Fuerzas militares en regiones clave

Regiones

Personal militar activo (miles)

Gasto militar
(billones de dólares)

OTAN y Europa

3, 400

190

Rusia y Eurasia

2, 278

78

Medio Oriente amplio

2, 768

66

Asia del Sur

2, 009

30

Asia

6, 815

202

Africa

1, 005

25

América Latina

1, 325

30

Total

19, 600

621

Fuente: (Kugler 2001: 94)

 

Las guerras de la alianza occidental contra Irak a principios de los 90 y ahora la guerra desatada contra los efectivos del Talibán y Al Qaeda en Asia Central vuelven muy evidente que la lucha por el control de los recursos naturales como el petróleo se ha convertido en uno de los asuntos más riesgosos para la paz internacional. Aún más si consideramos que el Medio Oriente y Asia, juntos concentran a más de la mitad de los efectivos militares del mundo. La globalización está incrementando sus demandas de energía  para desatar el crecimiento económico. Asia y Estados Unidos podrían verse involucrados en conflictos internacionales por motivos del petróleo (Flanagan, 2001, 16).

 

 

Los tres escenarios posibles de la globalización

 

 

Flanagan (Op Cit, 18) visualiza tres escenarios posibles para la globalización: El primero conllevaría un progreso significativo para el núcleo de países beneficiarios de la globalización que a su vez se extienda hacia el resto de los países excluidos. Los parámetros de este escenario estarían dados en la aceptación y defensa de los principios de los grandes países capitalistas: democracia, economías de mercado y cooperación multilateral. Este escenario arrojaría un orden global estable que favorecería a Estados Unidos y sus aliados occidentales.

Un escenario posible es que las cosas sigan como estaban ya, con una globalización que beneficia sólo a un núcleo de 30 países y deja al resto del mundo en un estado de precariedad económica que augura muy poco en términos de prosperidad, pero mucho en términos de inestabilidad y conflictos armados.

El escenario más indeseable para Estados Unidos sería el colapso total del sistema global emergente causado por la interacción de dos fenómenos: la proliferación de disturbios económicos por todo el mundo y las nuevas fuerzas

socioculturales y geopolíticas. Este colapso económico global podría despertar guerras comerciales, extremismos nacionalistas, conflictos regionales múltiples y un desorden global generalizado.

Luego de la guerra en Afganistán, que el juez Baltasar Garzón calificó como la "consolidación pública de los espacios sin derecho"[8], Estados Unidos se dispone a castigar a aquellos países donde se sospecha que están ocultas y operan las redes de Al Qaeda y sus simpatizantes. El 10 de marzo de 2002, un día antes de que se cumplieran los primeros seis meses después de los ataques a las torres gemelas de Nueva York y al edificio del Pentágono, el periódico The New York Times reveló un plan secreto del gobierno de Bush para desarrollar nuevas armas nucleares que puedan servir mejor en el caso de ataques a Irak, Irán, Corea del Norte, Siria y Libia[9]. Al día siguiente, Bush declaró que Estados Unidos estaba dispuesto a otorgar cualquier ayuda militar a países con la voluntad de combatir a los terroristas[10]. El espacio para el mejor de los escenarios de la globalización se está cerrando.

En cierta forma, la política antiterrorista de Estados Unidos determinará si la situación mundial sigue igual o empeora hasta el derrumbe del orden global y, posiblemente, la diseminación internacional del terrorismo como la forma de lucha principal entre los beneficiarios y los excluidos de los beneficios de la globalización.


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The United States Commission on National Security / 21st Century (2001). Road Map for National Security: imperative for change. The Phase III Report of the US Commision on National Security/21st Century. The United States Commission on National Security (online). February 15, 2001. Disponible en formato PDF: www.nssg.gov/PhaseIIIFR.pdf. Acceso: septiembre 27, 2001.

 

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Páginas visitadas:

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Diarios consultados:

The New York Times



* Periodista y analista en temas militares y asuntos de seguridad nacional. Becario del Centro de Periodismo Internacional de la Universidad del Sur de California y del Centro de Estudios Hemisféricos de la Defensa, de la Universidad de la Defensa Nacional. Profesor - Investigador de la Universidad Iberoamericana.

[1] Coalition Information Center (2001).The global war on terrorism. The first 100 days. White House report. US.

[3]  Ver Baker (2001).

[4] Ibid. Jajali resaltó la enorme exageración de algunas cifras sobre el número de combatientes de Al Qaeda en Afganistán. Estados Unidos reportó que el 16 de diciembre de 2001 se eliminó el último punto de resistencia de esta organización.

[5] Ver: Center for Defense Information (2000)

[6] Ibid. Estados Unidos teme que el arsenal ruso de cerca de 25 mil armas nucleares pueda ser penetrado por los grupos del crimen organizado. Ver: Webster, William H. The Nuclear Black Market: a panel report of the Center for Strategic and International Studies, Global Organized Crime Project´s Nuclear Blak Market Task Force. Washington DC, 1996.

[7] En la mayoría de los casos la violencia organizada es de naturaleza interna y la defensa externa es irrelevante.

[8] La guerra contra el terrorismo, ilegal: el juez Baltasar Garzón.  Fuente: Ciberoamérica. Marzo 6, 2002. http://canales.t1msn.com.mx/noticias/internacional/leer_articulo.cfm?article_id=40622

 

[9] Michael R. Gordon. U.S. Nuclear Plan Sees New Weapons and New Targets.  The New York Times. March 10, 2002. Disponible en http://www.nytimes.com/2002/03/10/international/10NUKE.html?pagewanted=print&position=top

[10] Elisabeth Bumiller. Bush Expands Commitment of U.S. to Global War on Terror. The New York Times. March 11, 2002. Disponible en http://www.nytimes.com/2002/03/11/politics/11CND-PREX.html?pagewanted=print